
Hay historias que se explican con años, generaciones y logros productivos. Y hay otras que necesitan algo más: conocer las decisiones que las sostuvieron, los momentos en los que todo pudo haber cambiado y las personas que, aun frente a las dificultades, eligieron seguir adelante. La historia de Cabaña La Reforma reúne todo eso. Y como es viernes en CAMPO total radio esa historia de campo, de genética y de trabajo, pero, por sobre todas las cosas, esa historia de familia que encontró en la unión su mayor fortaleza fue un gran pretexto para darla a conocer.
Salvador Zeberio es uno de los protagonistas de esa historia. Junto a sus hermanos, sus hijos, y su madre, continúa un camino que comenzó en 1903, cuando su bisabuelo inició la cabaña con la raza Lincoln. Más de 120 años después, aquella iniciativa se convirtió en un proyecto que atraviesa cinco generaciones y que mantiene intacta una de sus principales características: la familia sigue viviendo y trabajando en el campo.
“Somos agradecidos y, sin duda, bendecidos por poder hacer lo que nos gusta y poder vivir de esto”, resume Salvador. Una frase sencilla que, en su caso, encierra mucho más que una declaración de satisfacción. Detrás de esa felicidad hay una historia de pérdidas, decisiones, aprendizajes y una convicción que se renueva todos los días.
Una madre, una decisión y un legado que debía continuar
En 1995, la muerte de su padre marcó un antes y un después para los Zeberio. Tenía apenas 46 años. Su esposa, con 44, quedó al frente de una familia con cuatro hijos de 15, 13, 11 y 4 años. En ese momento, el futuro de la cabaña también quedó abierto a una decisión trascendental.
La madre de Salvador había trabajado toda su vida en Entel y se había incorporado al mundo rural después de casarse. No era una mujer formada en la actividad ganadera, pero tenía algo que, con el tiempo, demostraría ser fundamental: la determinación de sostener a su familia y darle la posibilidad de seguir adelante.
“Mamá tomó la decisión de quedarse en el campo, en su casa, donde nacimos nosotros, y darnos la posibilidad de poder hacer esto”, recuerda Salvador.
A esa determinación se sumó la palabra del abuelo, otro de los pilares de la historia familiar. Reunió a los nietos y les planteó con claridad las alternativas: si querían continuar con la cabaña, él los acompañaría hasta donde su salud se lo permitiera; de lo contrario, se vendería todo y cada uno elegiría su propio destino.
La respuesta de la madre fue decisiva: se quedaría en el campo. Los hijos aceptaron el desafío. Eran jóvenes, tenían mucho por aprender y debían encontrar su lugar en una actividad que exige compromiso, constancia y decisiones permanentes.
“Dijimos: bueno, vamos a probar y veremos qué es lo que podemos hacer. Y acá estamos”, cuenta Salvador.
Aquella decisión, tomada en medio de una circunstancia dolorosa, terminó convirtiéndose en uno de los capítulos más importantes de la historia de La Reforma.
Con el paso de los años llegaron el crecimiento, los aciertos y los desaciertos. También los hijos, que hoy representan la quinta generación de la cabaña. Pero, para Salvador, el valor de aquella decisión se comprende verdaderamente con el paso del tiempo.
“Hoy, a la distancia, después de 30 años, te das cuenta de lo que es”, reflexiona.
Su madre no conocía en profundidad el trabajo con los animales. Sin embargo, estuvo presente en lo cotidiano, en la casa, en la crianza, en la educación y en la contención de sus hijos. Mientras ellos aprendían a trabajar en el campo, ella sostenía el otro lado de la vida familiar.
“Nosotros teníamos la ropa limpia, la comida calentita, la cama tendida. Era la gallina con los pollitos”, recuerda Salvador, con una imagen que resume el lugar que ella ocupó en aquellos años.
Y agrega: “Mamá no sabe de campo. Ella solo bregó por la unión, por la educación, por el bienestar, por darnos todo lo que podía y, a su vez, poniéndonos los límites”.
No necesitó saber de genética ni conocer cada detalle de la producción para ser indispensable en la continuidad de la cabaña. Su aporte fue otro, menos visible en los corrales y en las exposiciones, pero determinante para que todo lo demás pudiera sostenerse.
También estuvieron el abuelo, la abuela, los amigos de sus padres y las personas que acompañaron a la familia en aquellos años difíciles. Salvador no olvida esa red de afectos y reconoce que haber contado con ese entorno fue parte de la fortuna que les permitió seguir adelante.
“Somos unos afortunados de que tuvimos un entorno también muy bueno de amigos, de papá, amigos de mamá, de la familia, que todos siempre estuvieron a la par nuestra para contenernos y marcarnos los aciertos y también los desaciertos”, señala.

Cinco generaciones y un mismo lugar en el mundo
Hoy, la vida de los Zeberio transcurre entre las casas, los corrales, los animales y las tareas cotidianas de la explotación, ubicada a unos 17 kilómetros de Ayacucho, entre esa ciudad y Tandil.
Salvador vive en el campo junto a su esposa y sus cinco hijos, a unos 100 metros de la casa de su madre. Dos de sus hermanos también mantienen un vínculo cotidiano con el establecimiento: uno vive en el pueblo y va al campo todos los días; su hermana Clementina, psicopedagoga, reside en Tandil y regresa siempre que sus actividades se lo permiten.
Entre las casas familiares, son diez las personas que viven en el campo, mientras que Clementina sigue siendo parte activa de esa dinámica familiar. A ellos se suma el equipo de trabajo, integrado también por personas cuyas familias mantienen una relación de muchos años con La Reforma.
La continuidad no se explica solamente por la convivencia. Se expresa en la posibilidad de compartir una actividad, distribuir responsabilidades y encontrar un lugar propio dentro de un proyecto común.
En esa construcción también aparecen los hijos de Salvador. El mayor, Zenón, tiene 25 años y, después de cursar dos años de ingreso a Veterinaria, entendió que su camino estaba en otro lado.
“Nos dijo: ‘Papá, esto no es para mí’”. La respuesta de Salvador fue darle la bienvenida al campo, pero con una condición: empezar desde abajo, aprender las tareas y conocer el trabajo desde la base.
“Acá para mandar somos muchos”, le dijo, con el humor de quien sabe que el apellido puede abrir una puerta, pero no reemplaza el esfuerzo.
Los demás hijos también están creciendo, terminando sus estudios y empezando a proyectar su futuro. Para Salvador, lo importante es que conozcan la cabaña, entiendan lo que representa y tengan la posibilidad de decidir por sí mismos.
“Nosotros apoyaremos la decisión de ellos, pero no se van a ir del campo sin saber lo que es la cabaña”, afirma.
No hay una obligación de perpetuar el oficio a cualquier precio. Hay, en cambio, una voluntad de transmitir una historia, enseñar lo aprendido y dejar que cada generación elija qué hacer con ese legado.
La unión también se trabaja
En una familia numerosa, compartir el trabajo y la vida cotidiana no significa estar siempre de acuerdo. Salvador lo reconoce sin rodeos: hubo discusiones, diferencias y momentos en los que las posiciones parecían irreconciliables.
La clave, explica, no fue evitar los conflictos, sino aprender a resolverlos.
“Si yo te digo que nunca tuvimos una pelea, una discusión, una diferencia con mis hermanos, te estaría mintiendo absolutamente. Pero lo bueno de eso siempre es la reconciliación, el volver”, cuenta.
Y describe una escena que, probablemente, se haya repetido en muchas familias que comparten una actividad y un proyecto de vida: discusiones que terminan en un abrazo, desacuerdos que necesitan tiempo y conversaciones que permiten volver a empezar.
“Más de una vez hemos terminado en un abrazo, después de haber terminado a los gritos”, relata.
Con los años, los tres hermanos varones fueron construyendo una forma de trabajar juntos. De esa experiencia nació una frase que Salvador utilizó en una reunión con una consignataria y que terminó convirtiéndose en una definición de la filosofía familiar: “La fuerza de la unión es la fortaleza del equipo”.
La idea va más allá de repartirse las tareas o sumar capacidades. Salvador explica que, cuando los tres trabajan juntos, el resultado no se obtiene simplemente sumando el aporte individual de cada uno.
“No es que cada uno vale el 33 por ciento. Somos el 100 entre los tres, pero separados no valemos 33”, explica.
En ese aprendizaje también descubrieron que la unión exige flexibilidad. Que no siempre tiene que ceder la misma persona, porque el equilibrio se construye entre todos.
“Fuimos creciendo y aprendimos que, en cada vuelta, tiene que aflojar uno distinto. Porque si afloja siempre el mismo, llega un momento en que no quiere aflojar más y ahí vienen los problemas”, sostiene.
No lo aprendieron en un libro ni en una capacitación. Lo aprendieron trabajando, tomando decisiones, equivocándose y encontrando la manera de seguir juntos.
Por eso, cuando habla de la continuidad familiar, Salvador no la presenta como una virtud garantizada por la sangre o por la historia. Es una tarea que requiere voluntad, paciencia y compromiso.
“La unión hay que trabajarla. Hay que ceder, hay que entender, hay que tratar de pensar siempre para adelante”, resume.

La genética como oficio y forma de vida
En La Reforma, la historia familiar tiene una expresión concreta en el trabajo ganadero. La cabaña mantiene su actividad con bovinos Angus y Shorthorn, y cinco razas ovinas: Lincoln, Dorper, Texel, Hampshire Down, y Border Leicester.
Entre todas, Lincoln ocupa un lugar especial. Fue la raza con la que comenzó el emprendimiento en 1903 y continúa siendo parte de la identidad de la familia.
“Es la raza que a nosotros nos enseñó esto, nos enseñó este camino”, afirma Salvador.
La actividad exige trabajo durante todo el año, seguimiento de los animales, selección genética y presencia en las exposiciones. La familia participa en muestras regionales y nacionales, tanto con bovinos como con ovinos. También ha concretado exportaciones de semen a otros países y de animales ovinos.
La cabaña constituye el principal ingreso de la explotación, complementado por una actividad agrícola menor. Por eso, cada decisión productiva está vinculada con la continuidad del proyecto.
Salvador habla de genética, comercialización, toros y carneros con la naturalidad de quien conoce el esfuerzo que existe detrás de cada ejemplar. Pero también deja en claro que los logros se disfrutan de otra manera cuando son compartidos.
La familia tiene sueños por cumplir. Entre ellos, alcanzar un campeonato en Palermo. Salvador lo menciona con ilusión, aunque sin convertirlo en una condición para sentirse realizado.
“Nos encantaría un campeón en Palermo. Está bien, pero ¿eso llegará o no? No sé. Lo bueno para nosotros es que podemos vivir y hacer lo que nos gusta”.
Esa mirada permite entender el sentido de La Reforma: producir, crecer, mejorar la genética y competir, pero sin perder de vista aquello que le da sentido al trabajo.
El equipo que también construye la historia
La continuidad de la cabaña tampoco sería posible sin las personas que trabajan junto a la familia. Salvador destaca especialmente el equipo que se fue formando a lo largo de los años, con gente joven y con hijos y nietos de quienes ya habían trabajado en el establecimiento.
Es una continuidad que excede a los Zeberio y que también habla de pertenencia, confianza y transmisión de conocimientos.
“Eso es fundamental. El equipo de trabajo que se ha ido formando con gente joven, con hijos de gente que estuvo acá, con nietos de gente que ha estado acá”, explica.
En el campo, muchas veces son ellos quienes primero advierten que nació un ternero o un cordero, quienes reconocen una característica en un animal o quienes detectan algo que merece atención. Ese conocimiento cotidiano, construido con experiencia y observación, forma parte de la tarea genética y productiva.
La organización del trabajo convive, además, con los tiempos personales. Los hijos de Salvador están en una edad en la que también quieren salir, encontrarse con amigos y disfrutar de sus fines de semana. El trabajo rural exige presencia, pero la vida familiar también necesita espacios propios.
Entre responsabilidades, acuerdos y negociaciones, la familia sigue buscando ese equilibrio que permita que cada uno encuentre su lugar.
La armonía, para Salvador, no significa que todo salga siempre bien. Significa trabajar para encontrar soluciones cuando las cosas no salen como estaban previstas.
“Siempre se trata de buscar la solución y darle para adelante”, dice.
La felicidad de poder elegir
Cuando Salvador habla de la actualidad de la ganadería, reconoce que también atravesaron momentos muy difíciles. No idealiza el camino ni desconoce las exigencias de sostener una empresa familiar durante tantas décadas.
Sin embargo, hay algo que considera irremplazable: poder compartir la vida cotidiana con los suyos y dedicarse a una actividad que los apasiona.
“Somos felices, Damián, somos felices, disfrutamos”, dice Salva durante la entrevista de estos viernes especiales.
La felicidad aparece en las exposiciones, en el trabajo con los animales, en las decisiones productivas y en los pequeños logros. Pero también está en un almuerzo, una cena, un cumpleaños o un asado. En esos momentos en los que la familia puede sentarse alrededor de una mesa, hablar de lo que le gusta y de lo que no, discutir y volver a encontrarse.
No es una postal perfecta ni una historia sin diferencias. Es, precisamente, una historia real, sostenida por personas que aprendieron que compartir un apellido no alcanza para construir un proyecto común.
Salvador sabe que la vida en el campo tiene dificultades, que los planes pueden cambiar y que las nuevas generaciones tomarán sus propias decisiones. También sabe que el legado no consiste en obligar a los que vienen detrás a repetir el camino, sino en darles las herramientas para comprenderlo.
“¿Nos seguimos equivocando? Por supuesto que nos seguimos equivocando. Y nos vamos a seguir equivocando”, reconoce. Y recuerda una enseñanza de su abuelo: “El que no hace no se equivoca”.
Por eso, la familia sigue haciendo. Sigue trabajando, produciendo, aprendiendo y buscando nuevos objetivos, sin dejar de transmitir a los más jóvenes los valores que hicieron posible la continuidad.

Un legado que se construye todos los días
En la víspera del Día de la Madre, la historia de La Reforma encuentra en la figura de la madre de Salvador uno de sus sentidos más profundos. Es una mujer de perfil bajo, poco acostumbrada a las demostraciones públicas de afecto, que probablemente se sienta más cómoda organizando la comida de un encuentro familiar que recibiendo elogios.
El domingo, como tantas otras veces, la familia volverá a reunirse. Serán cerca de 30 personas alrededor de la mesa, compartiendo un cordero o dos, en una celebración que tendrá mucho más que un motivo en el calendario.
Allí estará esa mujer que, hace más de tres décadas, decidió quedarse en el campo y darle a sus hijos la oportunidad de continuar una historia. Tal vez no haya imaginado todo lo que vendría después. Pero aquella decisión sigue teniendo consecuencias en cada jornada de trabajo, en cada generación que se incorpora y en cada encuentro familiar.
Más de 120 años después de que su bisabuelo iniciara la cabaña con la raza Lincoln, Salvador Zeberio no habla de un destino asegurado ni de una historia terminada. Habla de oportunidades, de trabajo, de sueños y de la responsabilidad de cuidar lo construido.
Porque el legado de La Reforma no se mide solamente en años, animales, genética o resultados. También está en una madre que eligió quedarse, en hermanos que aprendieron a ceder, en hijos que empiezan a encontrar su camino y en trabajadores que comparten el día a día de la producción.
Está en las discusiones que encuentran un abrazo, en los errores que dejan enseñanzas y en la decisión de seguir apostando por un proyecto común.
“Nunca pusimos piloto automático para hacer lo que hacemos. Siempre fue manual”, dice Salvador.
Quizás allí esté una de las claves de esta historia. Nada se sostuvo por inercia. Hubo que elegir, trabajar, corregir, frenar cuando fue necesario y volver a arrancar.
Y, sobre todo, hubo que aprender que una familia no permanece unida solamente porque comparte una historia. Permanece unida cuando, aun con diferencias, vuelve a elegir el mismo camino.
En La Reforma, ese camino empezó en 1903. Hoy continúa entre cinco generaciones, con una familia que sigue viviendo y trabajando en el campo. Y con una certeza que Salvador resume sin grandilocuencias, pero con la emoción de quien sabe lo que costó llegar hasta acá: la felicidad de poder hacer lo que les gusta, vivir de ello y seguir haciéndolo juntos.


















