Multiplican por diez el engorde y los premian por la “Sustentabilidad”

Una empresa familiar cordobesa pasó de recriar y terminar en el feedlot a contar con varias unidades de negocios agroindustriales donde los desechos de una se convierten en insumos de otra. Un ejemplo de cómo potenciar los planteos intensivos cuidando el ambiente. «Es un reconocimiento al esfuerzo por agregar valor en origen de dos generaciones», afirman desde Las Chilcas, que recibió el Premio a la Excelencia.

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Las Chilcas es una empresa familiar del norte de Córdoba que multiplicó por más de diez la cantidad de cabezas recriadas y engordadas en el feedlot y diversificó sus actividades para agregar valor al maíz. Hoy, produce carne vacuna y porcina, bioetanol con el cereal propio y de terceros, y biogás con los desechos productivos, mediante un modelo de economía circular que le valió el Premio a la Excelencia Agropecuaria La Nación-Banco Galicia, en la categoría Mejor Gestión Sustentable. El Ing. Industrial Andrés Aguilar, presidente de la firma, contó su caso, que permite mostrar ante la sociedad que es posible intensificar la ganadería sin dejar pasivos ambientales.
“Nuestra empresa tuvo una historia diferente a la de otras de la zona, donde la agricultura expulsó a la ganadería a campos menos productivos. En nuestro caso, la agricultura y la tecnología de la siembra directa vinieron para intensificarla”, planteó Aguilar, 42 años, que junto a sus cuatro hermanos, llevan adelante el establecimiento.
“Mi padre, un apasionado ganadero, una persona muy hacedora, con fuerza, nos inculcó la vocación por la actividad. Compró el campo en 1980, lo desarrolló y cuando nosotros llegamos a la empresa ya tenía un sistema productivo muy bien armado”, recordó el joven. Y detalló que él trabajaba al revés que los demás, compraba terneros en marzo-abril, los encerraba para recriarlos con silo de maíz y en noviembre-diciembre, los sacaba a las pasturas de Gatton Panic, los suplementaba y los vendía gordos en marzo siguiente con 400-450kg. “Lograba muy buena producción de carne por hectárea pero con una limitante: terminaba 2 mil animales al año, en las 4.700 ha del establecimiento”, subrayó.
Corrían los años 2000 y las cosechas de granos empezaban a llegar al norte. “Cuando ingresamos a la firma, con mi hermano Santiago, ambos con un perfil más agrícola, alquilamos algunas hectáreas del campo de mi padre. Pronto vimos que la pastura nos daba 5 t/ha/año de materia seca y que lo que hacíamos con casi con 4 ha lo podíamos lograr con 1 ha de silo picado de maíz”, recapituló el joven.
Fue así como comenzaron a “agriculturizar” el campo, dando un salto en la intensificación de la ganadería. “En 2005, ya teníamos todo cultivado con maíz y la fuente de proteína la conseguíamos en la región en función del precio. Con este sistema, encerramos la recría y la terminación, y pasamos a producir 7-8 mil animales, en la misma superficie. Fue ahí cuando visualizamos nuestro norte”, relató, refiriéndose a la oportunidad que ofrecía agregar valor en origen. “En ese momento el grano valía bastante poco, USD 120, y llevarlo a puerto costaba USD 30. Con el feedlot nos comíamos apenas el 30% del maíz. Por eso, en 2010, lo agrandamos a 15 mil cabezas instantáneas y pasamos a terminar unas 25 mil por año. Pero de cualquier modo la mayor parte del maíz debía fletarse a Rosario”, contó.
Diversificando negocios
Así las cosas, los Aguilar decidieron que era estratégico incorporar una nueva actividad. En 2013, de la mano del mayor de los hermanos, Mario, entraron al negocio del porcino, que además, les ofrecía ventajas impositivas. “Por el maíz que vendíamos a puerto nos retenían el 21% de IVA y en general costaba recuperarlo. Teníamos un crédito fiscal que no podíamos utilizar, mientras que con el cerdo rescatábamos parte de ese impuesto”, explicó.
La nueva unidad fue un gran avance, pero todavía La Chilcas seguía fletando el 50% del maíz cosechado. El siguiente paso fue hacer un convenio con una fábrica de bioetanol de Córdoba para mandarle el grano y recibir burlanda, para utilizar como fuente de proteína en la alimentación bovina. “Teníamos una logística muy buena, venía un camión de burlanda húmeda y se volvía con maíz, pero había que recorrer unos cuantos kilómetros. Entonces, los hermanos decidieron instalar una minidestilería y producir el alcohol en el campo, abriéndose por primera vez a un rubro no alimentario. ¿Beneficios? “Nos enamoramos del proyecto, obteníamos bioetanol con menores costos, porque nos quedaban la burlanda y la vinaza, otro subproducto de la destilería, para la dieta del ganado. Al fin, habíamos cumplido el sueño de darle valor agregado al 100% de nuestro maíz”, destacó.Conciencia ambiental
La minidestilería consumía grandes cantidades de gas, 2 mil kg/día, pero como estaba subsidiado el negocio era rentable. “Compensar este beneficio vino por otro lado. Decidimos instalar un biodigestor en el campo que alimentara de biogás esa caldera. Lo empezamos a evaluar en 2017, teníamos proyectos más rentables, pero éste tenía sentido ecológico y social”, afirmó, aludiendo a que como empresa no querían cargar con un pasivo ambiental producto de los deshechos del cerdo y del bovino. Y agregó: “buscábamos evitar contaminaciones. Incluso reciclamos los residuos orgánicos de los comedores de la empresa, que atienden a diario a gran parte de nuestros 90 empleados, y hasta los de una comunidad cercana, Villa de María de Río Seco, de 10 mil habitantes. Es poco volumen pero contribuye a generar conciencia ambiental”.
Además, como subproducto del proceso, el campo obtiene agua rica en nitrógeno, fósforo y materia orgánica, con la que riegan las hectáreas que volverán a sembrarse con maíz. “Las ventajas de la economía circular comenzaban a quedar a la vista”, subrayó.
Hoy, la sinergia entre el biodigestor y la minidestilería está dándole sostenibilidad a ambas unidades de negocio. “En 2018, cuando sacaron los subsidios, el gas natural se encareció de manera exponencial, o sea que si no hubiéramos hecho esa inversión, sería inviable producir alcohol”, advirtió.
Para los Aguilar, lo trascendente es haber transformado un sistema ganadero del norte del país en un modelo sustentable con efecto multiplicador en la zona. “Ahora, sembramos maíz en unas 10 mil hectáreas de campos vecinos y toda nuestra producción entra en un círculo virtuoso donde nada se pierde y todo se transforma, obteniendo carnes y bioenergía de cara a las nuevas demandas del mundo. Recibir el premio fue muy gratificante, nos distinguieron por la innovación y el esfuerzo de toda una familia”, finalizó.
Por Ing. Agr. Liliana Rosenstein, Editora de Valor Carne


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