Variables sanitarias que definen el éxito del Trigo

Son cinco variables y conclusiones que marcan la pauta de los desafíos que presenta el manejo sanitario del trigo

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La elección de la genética, los tratamientos de semillas, la fertilización y el manejo de enfermedades son cuatro tecnologías que representan un costo de 221 dólares por hectárea en el cultivo de trigo. El análisis surge del relevamiento que la Red Agropecuaria de Vigilancia Tecnológica (RAVIT) viene haciendo sobre 1,12 millones de hectáreas de territorio, con la participación de 28 productores del sudeste bonaerense y la colaboración de las consultoras Viento Sur y Expandit. El objetivo es crear modelos que expliquen las brechas tecnológicas en trigo.
La iniciativa, que cuenta con el apoyo de UPL Argentina, representa un claro ejemplo de su propósito OpenAg, de crear una red de agricultura abierta que permita una producción sustentable de alimentos. De la primera fase de relevamiento surgen al menos cinco grandes conclusiones que marcan la pauta de los desafíos que presenta el manejo sanitario del trigo.
1 – De la recopilación de datos y la realización de entrevistas a los productores, surge que el 62,5% de las variedades elegidas en el área estudiada fueron susceptibles a enfermedades, sobre todo a Mancha amarilla, la de mayor incidencia en toda la zona triguera argentina. Una enfermedad que vino para quedarse y una vez que aparece se desarrolla con agresividad en el lote.
2 – El tratamiento de semillas, una práctica generalizada entre los productores, surge como la base para un manejo sustentable de las enfermedades. Para los expertos de INTA Balcarce es importante hacer un análisis de la semilla que se va a sembrar para conocer qué patógenos están presentes y en base a eso elegir las herramientas químicas adecuadas para su control.
3 – Pero es en la elección de los fungicidas donde se presenta el desafío mayor. Entre las conclusiones del estudio destaca el dato que en el 71% de los lotes en los que se aplicaron fungicidas se encontró Mancha amarilla como principal enfermedad.
4 – Frente a enfermedades como Mancha amarilla, el 75% de los productores utilizó mezclas de Estrobilurinas+Triazoles para su control. Cabe destacar que desde el año pasado se oficializó su resistencia a estos grupos químicos. En cuanto a Roya anaranjada, el 76% de los productores utilizó las mismas mezclas cuando hace tiempo se sabe que es resistente a los Triazoles. Con estas acciones se fuerza al sistema a agravar la situación de resistencia de estas enfermedades. A su vez, se puso de relevancia que todas las dobles aplicaciones se realizaron con Estrobilurinas + Triazoles, lo que pone de evidencia la falta de rotación en los modos de acción.
5 – Por último, un 38,5% de las aplicaciones se decidieron por protocolo o por la existencia de condiciones predisponentes para las enfermedades y no a partir de una estrategia de monitoreo de los lotes. Para Gustavo Guerra, fitopatólogo de la Universidad Católica de Córdoba a cargo de analizar los datos, “es necesario poner énfasis en el monitoreo y en el momento en el que se realizan los tratamientos”.
La estrategia de trabajo que lleva adelante la Red Agropecuaria de Vigilancia Tecnológica (RAVIT) está inspirada en el concepto de “crowdsourcing”, referido a las situaciones en las que muchas personas colaboran para resolver un problema. “Nosotros creamos contenido a partir de lo que ocurre en cada campo, en cada lote. Lo hacemos interpretando esa información a partir de las reglas de la agronomía”, explicó Esteban Tronfi, director de RAVIT.
El proyecto, que en Córdoba se realiza sobre 2 millones de hectáreas e involucra a 50 productores, está a punto de pasar a la fase 3, vinculada a la automatización en el análisis de datos. “De las 120 variables que medimos hay 12 que construyen la diferencia. Apuntamos a crear modelos que expliquen las variables clave para entender las brechas tecnológicas”, explicó Tronfi, a cargo de liderar una iniciativa que para UPL Argentina representa en un todo el espíritu detrás del propósito de la compañía de llevar adelante una agricultura abierta (OpenAg) para una producción sostenible.


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