¿La sobrecarga es la causa de la baja productividad de la cría?

Pequeños ganaderos de la Cuenca del Salado derribaron un mito. Con manejo del pastoreo, pasaron de 0,6 a más de 1 EV/ha y lograron preñeces superiores al 92% en años secos, dejando atrás las siembras de pasturas y el uso de fertilizantes. Una muestra de la nueva movida hacia la cultura del pastizal natural. El trabajo en red, clave.

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La Ing. Agr. Alejandra Casal está al frente de un módulo de ganadería agroecológica en el INTA Cuenca del Salado. Ahí, en Colonia Ortiz Basualdo, sobre 190 ha representativas de la zona, un equipo de profesionales lleva adelante un sistema racional de manejo del pastizal, buscando respaldar con información científica que es posible aumentar la receptividad y la carga del campo natural, en forma ambiental y económicamente sustentable. En el 46º Congreso de la Asociación Argentina de Producción Animal (AAPA), la especialista presentó algunos casos de productores a los que acompañan en la transición hacia tecnologías de procesos y que ya se identifican con la cultura de producir carne a pasto.

En primera persona
Lisandro Eckerdt empezó la actividad ganadera en 2018 como administrador de un establecimiento familiar de 368 hs, La Grachi, en Gral. Guido, Buenos Aires. Entonces, manejaban 220 vientres Angus, con una carga de 0,6 EV/ha, lo habitual en la zona, con unos pocos potreros grandes y cambio de parcela según la disponibilidad visual de pasto.
“Mi suegro era abogado y tenía un empleado que se ocupaba del campo. Cuando falleció, con mi esposa, Aldana, nos hicimos cargo. Encontramos ocho potreros de pasto natural y uno con viejas pasturas, con áreas degradadas. Se vendían 170 terneros por año, no estaba mal, pero queríamos mejorar”, recordó Eckerdt en diálogo con Valor Carne. “Fue un momento crucial”, agregó la mujer. “Heredamos las tres hijas, que nos habíamos mantenido alejadas de la empresa y muchos nos sugirieron arrendar la tierra. Pero con mi marido y una de mis hermanas, aprendimos a gestionarla desde cero, hicimos cambios en el manejo del pasto y de la hacienda. Dimos vuelta la historia”, contó.
El primer paso fue contratar a un ingeniero agrónomo para regenerar el pastizal natural, sistema que se complementa mediante interconsultas con los técnicos del INTA.
¿Qué cambios hicieron? “Fuimos avanzando de a poco. Entendimos que era importante separar medias lomas, bajos dulces, bajos salinos y pajonales porque cada uno tiene sus especies y había que respetar sus ciclos. Incluso instalamos colmenas para favorecer la polinización”, respondió. A partir de ahí comenzaron a subdividir cada ambiente en potreros chicos hasta alcanzar un número que les permitiera planificar los tiempos de descanso necesarios como para favorecer los procesos biológicos.
El primer año hicieron 20 potreros en las lomas, todavía llovía bien; y luego, a pesar de que el agua caída se redujo a la mitad, siguieron adelante y hoy cuentan con un total de 75 parcelas. “Algo que nos ayuda mucho es que Alejandra Casal viene a nuestro campo a tomar muestras y hace mediciones de cobertura, enraizamiento, carbono en el suelo, todo eso nos permite comprobar nuestros progresos. A su vez, el INTA lleva un módulo de manejo agroecológico, lo visitamos y compartimos información”, afirmó.
¿Cómo manejan los potreros? “Planificamos pastoreos cortos y reposos para que todas las especies expresen su potencial. Así, lo que la planta produce hacia arriba de la tierra también lo brinda en raíces, y eso se nota. Los suelos captan más agua, más carbono y las plantas semillan bien”, sostuvo. De este modo fueron incrementando la disponibilidad de forraje, a más del doble y, ahora, superan los 6000 kg MS/ha.
“Esto nos dio luz verde para ir aumentando la carga”, indicó Eckerdt, aludiendo a que llegaron a manejar 1,1 EV/ha y el año pasado, con la seca, bajaron a 1 EV/ha; y la preñez siempre superó el 92%. “En el último tacto fue de 95%, estamos satisfechos. Hay que tener en cuenta que no suplementamos ni usamos fertilizantes, el abono son los propios desechos de los animales”, apuntó.
Otro cambio importante que facilitó el manejo fue trabajar con un solo rodeo. “Juntamos todas las categorías (vacas, vaquillonas y terneros) y las mantenemos uno o dos días por parcela, según la estación, con descansos de 150 días promedio. Me genera mucho menos trabajo, en dos minutos cambio a los animales de parcela”, reveló.
La experiencia de Eckerdt comenzó a influir en los campos vecinos. “Compartimos los avances, eso es muy bueno, nos cambió la cabeza”, aseguró. ¿Desafíos? “Seguir mejorando la cobertura del pastizal y aumentar un poquito más la carga. Ya estamos vendiendo 270 terneros/año y nos gustaría recriarlos hasta 270/280kg para darles valor agregado”, finalizó.

Más que un negocio
Jerónimo Sánchez Acosta es un joven Lic. en Administración Agraria cuyos padres empezaron la ganadería hace 25 años armando un rodeo Angus colorado, al sur de Buenos Aires. En 2004, arrendaron un campo de cría de 178 hectáreas en Vivoratá, la mayor parte con pastizales naturales, manejados en forma tradicional y extensiva, y un 25% con pasturas y verdeos. En 2017, año que marcó un punto de inflexión en la empresa, trabajaban con un rodeo de 150 vacas y destetaban un 80% de terneros.
“Teníamos mucho gasto en alimentación, la tarea era monótona y sin muchos desafíos. La verdad es que, con esta escala, pagando alquiler, no era negocio. La idea era cerrar y dedicarnos a otra cosa, pero yo no quería salir de la ganadería porque me encanta”, planteó.
En ese momento, Jerónimo junto con su padre participaba en un grupo de Cambio Rural que convocó a distintos técnicos para que los ayudaran a pensar. “Ahí conocimos a Alejandra Casal y le preguntamos qué podíamos hacer para que el campo nos rindiera más. Ella nos respondió: ‘mientras más chico lo subdividan, más se agranda’. Eso me quedó marcado”, repasó.
Tiempo después el grupo visitó un establecimiento que hacía pastoreo racional Voisin. “Nos maravilló; por primera vez veíamos un campo chico manejado totalmente a pasto, en forma muy intensiva y generando rentabilidad. A partir de entonces nuestros animales siempre comieron en una superficie no mayor a una hectárea”, indicó, aludiendo a que subdividieron el campo hasta lograr 160 parcelas con sus respectivos bebederos y, a la vez, planificaron tiempos de ocupación y descansos.
“Nunca más hicimos una pastura ni un verdeo, cerramos esos potreros durante un año y vimos cómo se llenaba de distintas especies nativas”, reveló.
En cuanto a los números, “si bien hay que hacer un desembolso inicial en eléctricos, aguadas y demás, el monto es mucho menor que invertir en una pastura. Vendíamos más o menos 130 terneros de 180 kilos, o sea, unos 23.000 kilos de ternero, si no hago mal las cuentas, pero teníamos que gastar 9.000 kilos en hacer comida. Ahora, eso nos lo metimos en el bolsillo y automáticamente apareció la rentabilidad”, analizó.
En 2020, con la pandemia, el joven hizo la especialización en manejo holístico y aprendió a planificar el pastoreo para contribuir a regenerar los suelos y la cobertura vegetal. De este modo, incrementaron la carga de 150 a 220 vientres, aunque luego tuvieron que retroceder por la seca para seguir logrando preñeces del 90% al 95%. Y hace poco adquirieron un campo cercano con algunas lomas más interesantes para hacer la recría de todos los terneros hasta los 250 kilos.
“Adoptamos este sistema buscando rentabilidad, pero después empezamos a ver el campo de un modo diferente, notamos que aparecían nuevas especies, más insectos. Nos identificamos con el paisaje”, aseguró.
Hace dos años, Acosta se incorporó a un grupo de WhatsApp junto a unos 100 productores que hacen pastoreo racional y regenerativo, y la iniciativa fue creciendo hasta llegar a 250 empresas. Sobre esta base se creó la Asociación Grassfed Argentina con el fin de promover la producción de carne 100% pastoril.
“La organización nos permitió interactuar con muchos ganaderos que tienen la misma visión sobre la forma de cuidar nuestros campos y producir hacienda. Hoy vendemos nuestros terneros recriados dentro de esta red para que otros los terminen a pasto y puedan llevar carnes certificadas al consumidor. El pastizal se transformó en una pasión”, concluyó.
Por Ing. Agr. Liliana Rosenstein, Editora de Valor Carne


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