El grueso cambio del uso del suelo

En los últimos 30 años los sistemas agropecuarios de la región mixta triguera, área de influencia de la Chacra Experimental Integrada Barrow, mostraron profundas modificaciones. La agricultura avanzó sobre las superficies ganaderas -como en otras regiones del país-, aunque con la particularidad de que el mayor impulso estuvo dado por los cultivos de verano. Un trabajo de los ingenieros Horacio Forján y Lucrecia Manso describe el fenómeno

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Si a los productores agropecuarios que trabajaban la tierra a fines de la década del 80 en la llamada región mixta cerealera del sur de la provincia de Buenos Aires les hubieran hecho leer el informe elaborado 30 años después por los ingenieros Horacio Forján y Lucrecia Manso sobre la evolución que tuvo la superficie agrícola en el área de influencia de la Chacra Experimental Integrada Barrow no lo hubieran creído. Tal fue la mutación de los sistemas productivos en ese lapso que hasta incluso les costaría reconocer sus propios campos.
“Los sistemas agropecuarios de la región de influencia de Barrow, que son los partidos de Tres Arroyos, Coronel Dorrego, San Cayetano y Gonzales Chaves, comenzaron a sufrir una profunda transformación a partir de la década del 80, presentando una mayor tendencia a prolongar los ciclos agrícolas con respecto al período de uso ganadero y a incorporar nuevas superficies a la actividad agrícola”, explica Horacio Forján.
“En ese entonces, la ocupación del suelo por cultivos de cosecha de granos representaba el 50%, valor que registró un pronunciado aumento en las décadas posteriores, llegando a ocupar en algunos años valores cercanos al 80% de la superficie total”, agrega.
En el trabajo elaborado por los técnicos, fue incluido en la última edición de AgroBarrow, consta que en la última mitad del período analizado, si bien disminuyó levemente ese porcentaje de ocupación, el desarrollo de nuevos cultivos y técnicas, propiciaron la intensificación de las rotaciones y sobre gran parte de los suelos agrícolas de la región se comenzó a implantar un doble cultivo.
“Las causas que en mayor o menor medida influyeron para que se produzca este proceso de agriculturización fueron: la mejor rentabilidad de la agricultura con respecto a la ganadería con un rápido retorno de la inversión, el notable avance logrado en la tecnología de todos los cultivos (mejora genética, herbicidas específicos, mayor empleo de fertilizantes) y los ciclos climáticos favorables. Paralelamente también incidió el aumento del tamaño de las unidades productivas y la generalización del manejo a cargo de contratistas y arrendatarios (la mayoría de los contratos tienen duración anual), que dedican esos suelos a los cultivos agrícolas”, indica Manso.
En todos los distritos disminuyó paulatinamente la superficie que, en las recorridas de estimación de área, fue censada como potrero o campo natural, confirmando la incorporación de nuevas tierras a la producción de granos. “Es interesante destacar que, en líneas generales, se mantuvo la superficie con pasturas perennes implantadas, con un leve aumento en el último período”, expresa la ingeniera.
Los cultivos de invierno
“La superficie de cosecha fina disminuyó hacia fines de los años 80 (precios internacionales bajos), retornó a sus valores históricos cercanos al 50% de ocupación por 10 años y volvió a decaer a partir de 2008, a raíz de los problemas de comercialización y baja del precio de trigo pan con la intervención del mercado, llegándose a sembrar solo 149.000 hectáreas de este cultivo en la campaña 2012”, dice Forján. No obstante gran parte de la superficie dejada por trigo fue ocupada por cebada cervecera haciendo que la caída de superficie de los cultivos de invierno no fuera más pronunciada.
En la campaña 2016 se insinuó una leve recuperación de la superficie con trigo pan, alcanzando un área similar a cebada, pero aun así la superficie total de cereales de invierno se mantiene en valores muy inferiores a los que acostumbrábamos tener en la región. “Parecería estabilizarse en el orden del 43 – 44%”, expresa el ingeniero.
Los cultivos de verano
El aumento de la superficie asignada a cultivos de cosecha se acentuó con la incorporación de cultivos de verano a los esquemas de producción. La aparición de los primeros híbridos de girasol a comienzos de la década del 80 le dio un fuerte empuje a este cultivo, que se adaptó muy bien a la rotación con trigo.
“Su adopción fue muy generalizada y el cultivo pasó a ser un permanente integrante en las secuencias de cultivos de la región por 25 años. A partir de la campaña 2008/09 su superficie decayó de un modo abrupto aunque, a partir de la quita de retenciones, se retomó la intención de siembra y la superficie se recuperó a partir de la campaña 2016/17”, explica Manso.
“En el mismo momento, aunque con menor peso, los híbridos de maíz de ciclo intermedio, fueron ocupando áreas cada vez más importantes a partir de un aumento en los rendimientos y una mayor seguridad de cosecha. En las últimas cuatro campañas la superficie ha aumentado significativamente, presentando una tendencia creciente, producto de la incorporación de técnicas de manejo (fecha de siembra, densidades, fertilización), que han posibilitado su siembra en ambientes más limitantes, como los suelos de Coronel Dorrego”, completa la ingeniera.
La soja
Aunque tal ocurrió en toda la región pampeana, donde el crecimiento de la agricultura se produjo simultáneamente con fuertes procesos de cambio en aspectos tecnológicos y productivos, la soja fue la gran protagonista de este avance agrícola en la región, “de la mano de la siembra directa, la incorporación de resistencia a herbicidas y las ventajas operativas y económicas de realizar su cultivo”, argumentan.
El aumento de la superficie sembrada se vio reforzada por la siembra de cultivos de “segunda” detrás de la cosecha de cultivos de invierno. “Aunque no siempre esta técnica resultó exitosa en nuestra región: en las campañas 2013/14 y 2016/17 la falta de humedad a la siembra impidió o hizo fracasar la implantación del cultivo de segunda, con la consiguiente reducción del área sembrada”, aclaran los ingenieros.
En el informe de Forján y Manso se indica que la soja se mantuvo como el cultivo de mayor presencia en la región en los últimos 11 años, alcanzando en la campaña 2012/13 una superficie de 704.800 hectáreas, lo que equivale al 41,3% del total del área relevada y al 80,2% de los cultivos de verano. “Esto marca el impresionante crecimiento y la amplia difusión del cultivo”, indican.
¿Y la sustentabilidad?
El cambio observado en los sistemas productivos de la zona de influencia de la CEI Barrow ha impactado sobre el sistema en su conjunto, no sólo por el tipo de cultivo implantado en los suelos de la región, sino también por la tecnología empleada. “Se han observado importantes aumentos de área sembrada con cultivos de cosecha resaltando el cambio producido en todos los distritos hacia un predominio de los de cosecha gruesa, aún en el partido de Coronel Dorrego con limitaciones marcadas para este tipo de cultivos. Tecnologías de manejo como el atraso en la fecha de siembra y la reducción de la densidad lo han hecho posible”, explica Manso.
“Esto nos lleva a reflexionar sobre el modo de continuar produciendo. Es necesario ajustar las demandas que tiene cada cultivo y compatibilizarlas con las condiciones ambientales que ofrece la región, para atenuar los riesgos y lograr rendimientos estables”, dice Forján.
“La actual producción agropecuaria exige un mejor conocimiento de los componentes del agroecosistema (físicos, biológicos y socioeconómicos), de las interrelaciones que ocurren entre ellos y el impacto ambiental que estos producen. Por lo tanto es prioritario tomar decisiones razonadas conociendo el escenario en que nos movemos y así poder evolucionar hacia sistemas agropecuarios sostenibles”, advierte el ingeniero como mensaje final.